«Sólo sonrió y escuchó. Yo le conté historias de mi infancia, las primeras de muchas que vendrían después. Me sorprendió lo cómoda y abierta que me sentía con él. Más adelante, Robert me dijo que se había tomado un ácido.
Yo sólo había leído sobre el LSD en un librito de Anaïs Nin titulado Collages. No era consciente de la cultura psicodélica que estaba floreciendo en aquel verano de 1967. Tenía un concepto romántico de las drogas y las consideraba sagradas, reservadas a los poetas, a los músicos de jazz y a los rituales indios. Robert no parecía alterado, ni extraño, como yo hubiera imaginado. Irradiaba un encanto dulce y pícaro, tímido y protector. Paseamos hasta las dos de la madrugada y, finalmente, casi a la vez, nos confesamos que ninguno de los dos tenía adónde ir. Nos reímos, pero era tarde y estábamos cansados.
“Creo que sé un sitio donde podemos pasar la noche –dijo. Su antiguo compañero de piso estaba de viaje–. Sé dónde esconde la llave; no creo que le importe.”
Cogimos el Metro y salimos de Brooklyn. Su amigo vivía en un pisito de Waverly, cerca de la Universidad de Pratt. Doblamos por una callejuela, donde Robert encontró la llave escondida debajo de un ladrillo suelto, y entramos en el piso.
Nada más hacerlo, nos entró vergüenza, no tanto por estar solos como porque nos halláramos en una casa ajena. Robert se esmeró porque me sintiera cómoda y luego, pese a lo tarde que era, me preguntó si quería ver su obra, que estaba guardada en un cuarto interior.
La esparció por el suelo para que la viera. Había dibujos y aguafuertes, y desenrolló algunas pinturas que me recordaron a Richard Poussette-Dart y a Henri Michaux. Múltiples energías vertidas sobre palabras entrecruzadas y dibujos de trazo caligráfico. Campos energéticos construidos con estratos de palabras. Pinturas y dibujos que parecían surgir del subconsciente.
Había una serie de discos que entrelazaban las palabras EGOAMOR, DIOS y las fusionaban con su propio nombre; parecían alejarse y expandirse sobre las superficies planas de sus pinturas. Mientras los miraba, no pude evitar hablarle de las noches en que, cuando era niña, veía dibujos circulares girando en el techo. Abrió un libro de arte tántrico.
–¿Como esto? –preguntó.
–Sí.
Reconocí con asombro los círculos celestiales de mi infancia. Un mandala.
El dibujo que Robert había hecho el Día de los Caídos me conmovió especialmente. Jamás había visto nada igual. Lo que también me sorprendió fue la fecha: el Día de Juana de Arco. El mismo día que yo había prometido hacer algo con mi vida delante de su estatua.
Se lo conté y él respondió que el dibujo simbolizaba su compromiso con el arte, contraído ese mismo día. Me lo regaló sin vacilar y comprendí que, en aquel breve lapso, los dos habíamos renunciado a nuestra soledad y la habíamos sustituido por confianza. Miramos libros sobre dadaísmo y surrealismo y terminamos la noche inmersos en los esclavos de Miguel Angel. Sin palabras, absorbimos los pensamientos del otro y, justo cuando rompía el alba, nos dormimos abrazados. Cuando nos despertamos, él me saludó con su sonrisa torcida y yo supe que era mi caballero».
— ”Just kids” de Patti Smith.
(via canibalismo-deactivated20120326)
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